Acoger, Proteger, Promover e Integrar

Era mi primer día de trabajo del año y no estaba del mejor humor del mundo… Había dormido fatal, había pasado frío y no me sentía lo suficientemente descansada como para volver tan bruscamente al trabajo después de unas navidades cálidas e idílicas en Málaga. En definitiva, me hallaba en estado de indignación con la vida. Sin embargo, dicho estado se disipó de forma inmediata sintiéndose un tanto ridículo al cruzarme con el siguiente artículo del País:

18 REFUGIADOS RELATAN QUÉ ESPERAN DEL NUEVO AÑO

A medida que iba leyendo y poniendo rostro a cada una de las historias, me sobrevinieron una serie de sentimientos: En primer lugar, culpabilidad. ¿Cómo puedo estar yo quejándome de que tengo que volver a trabajar cuando hay tantas personas que no tienen ni trabajo, ni hogar y está lejos de sus familiares? En segundo lugar, admiración. A pesar de todo lo que han pasado, las dificultades a las que aún tienen que hacer frente, los miedos que aún albergan, la indiferencia de la comunidad internacional y del mundo en general, en todos y cada uno de los testimonios se puede leer de forma más o menos clara el deseo de seguir luchando para poder encontrar algún día estabilidad sobre la que construir un futuro y, en definitiva, paz. Me quedé unos estados en actitud meditativa, acordándome de la homilía de año nuevo en la que el cura nos había animado a no dejar nunca de desear y de orar por la paz, así como a ser instrumento de paz en nuestras vidas cotidianas.

¿Y además de rezar, no podrá hacerse algo más? Me pregunté con el sentimiento de culpabilidad pesando aún en mi conciencia. La respuesta no se hizo mucho de esperar. Entre los nuevos whatsapps de mi móvil, encontré un enlace al mensaje del Papa Francisco por la 51 Jornada Mundial de la Paz en el que se nos proponen cuatro acciones muy concretas: Acoger, Proteger, Promover e Integrar. Todas ellas se desarrollan y acompañan de citas bíblicas que nos recuerdan que Dios siempre nos ha animado a ser samaritanos decentes y amar al prójimo más que a nosotros mismos: «No olvidéis la hospitalidad; por ella algunos, sin saberlo, hospedaron a ángeles», «El Señor guarda a los peregrinos, sustenta al huérfano y a la viuda», «Amaréis al emigrante, porque emigrantes fuisteis en Egipto»…

Estoy segura de que todos nosotros podemos encontrar en nuestro campo de actuación alguna oportunidad y ocasión concreta de llevar a la práctica estas cuatro tan evangélicas directrices. Por ello, pido a Dios para que nos ayude a todos a atrevernos a salir de vez en cuando de nuestra burbuja de comodidades y problemas de primer mundo para poner nuestro granito de arena en la construcción de esa casa común de la que habla el Papa que, como decía el Quijote, no es utopía sino justicia.

«Si son muchos los que comparten el “sueño” de un mundo en paz, y si se valora la aportación de los migrantes y los refugiados, la humanidad puede transformarse cada vez más en familia de todos, y nuestra tierra verdaderamente en “casa común”»[18]. A lo largo de la historia, muchos han creído en este «sueño» y los que lo han realizado dan testimonio de que no se trata de una utopía irrealizable” (…)»