Cátedra cum laude

La entrada de hoy está dedicada a explicar la festividad que la Iglesia conmemora este jueves 22 de febrero: la cátedra de san Pedro. Hay muchas reflexiones sobre este tema: sólo basta con echar una ojeada a YouTube o Google con el debido filtro. Todas proponen distintas interpretaciones sobre esta tradición. Quizá la más completa que he podido hallar sea la de Benedicto XVI. La adjunto al final del artículo.

Se trata de una tradición de acción de gracias por la misión confiada al apóstol Pedro por parte de Jesús, y también para recordar ese cometido en sus sucesores, los Papas.

Por ‘cátedra’ principalmente nos referimos a la silla/ trono del Papa y de los obispos (de cátedra viene la palabra ‘catedral’: la sede del poder de cada diócesis) aunque no es sólo un trozo de materia con forma de asiento a modo de símbolo de autoridad, es algo más. Por ello, esta festividad puede presentarnos muchos temas de los que hablar: la historia de la sede, la funciones del primado, el propio Pedro, etc.

Es verdad que la figura del pontífice es uno de los más llamativos motivos que visibilizan las diferencias entre los cristianos. Si bien los anglicanos tienen al arzobispo de Canterbury, los protestantes no mantienen una organización eclesiástica como la romana, son los ortodoxos los que tienen una jerarquía primada semejante a la latina. En futuras entradas abordaremos los avatares que han llevado a la ruptura de la Iglesia siendo el pontífice uno de los motivos, aunque hoy tampoco trataremos los debates propuestos para reflexionar sobre la función del Papa, ni es momento de pararnos a describir la vida de san Pedro en su totalidad.

Hoy quiero enfatizar en uno de los campos que el pontífice tiene que afrontar: el intelectual. Por eso presento una relación etimológica de ‘cátedra’: ‘catedrático’. El catedrático es quien domina una ciencia o disciplina, humanística o científica, como tal.

Como católico, y tras haber dedicado un tiempo a la reflexión de la figura del Papa con motivo de esta festividad, considero que la Iglesia necesita un liderazgo polifacético, tanto intelectual como práctico. La primera Iglesia, la de los Doce tenía a Jesús: conocía al dedillo las Escrituras, de ahí su autoridad intelectual a la hora de guiar a sus seguidores, especialmente tras los momentos de debate con los escribas y fariseos, y que refrendaba con sus obras. No creo que los conocimientos le viniesen por ciencia infusa: tenía bien estudiada la Ley, y lo más importante, sabía discernir su esencia de la cizaña sembrada por los fariseos gracias a la oración. Más tarde encomendará a Pedro la misión de dirigir la Iglesia. Recordemos que Pedro es el apóstol que más interviene de los doce: hay quien le ve como el portavoz de la comunidad, pues expresa lo que todos quieren decir y preguntar a Jesús. Es un pescador cuya vida es ejemplo de conversión. Lo veremos. Posiblemente no tuviese el nivel intelectual de Pablo, pero de lo que no tengo duda es de que tenía las ideas muy claras. Y así se ve en el discurso que pronuncia tras Pentecostés (Hechos 2, 14-36), lleno de referencias al Nuevo Testamento para defender que Jesús es el Mesías esperado por Israel.

¿Por qué tenía las ideas claras? Porque conocía y vivía la Palabra, y porque estaba lleno de Espíritu Santo. Un Espíritu Santo que elige al sucesor de Pedro en cada cónclave, no según sus destrezas humanas; y un Espíritu Santo que guiará el gobierno de la Iglesia mediante su persona. Pero no todo depende del Papa, por supuesto: el Espíritu Santo trabaja a través de cada cristiano para cumplir con la voluntad de Dios en el mundo. Cuanto más vacíos estemos de nosotros mismos[1], mejor nos dejaremos guiar, por eso todos los Papas piden que se rece por ellos, para que escuchen siempre las directrices del Espíritu Santo. Claro: el Papa no va empezar a escucharle desde el momento en que es investido sucesor de san Pedro, pues ya tiene detrás una vida dedicada a la oración. Y es esa experiencia y confianza plena en el Espíritu Santo la que inspira a muchas personas el estar atentas a sus palabras. ¿Y si el Papa no fuese guiado por el Espíritu Santo? Creo que más de uno se daría cuenta.

No creo que Jesús estableciese aquel germen de la jerarquía como algo de opresión al rebaño, sino como un servicio y garantía de conservar la palabra (no adueñarse de ella) que les había transmitido en todos los ámbitos. Predicar el Evangelio requiere vivirlo, y para vivirlo hay que entenderlo, y para entenderlo, estudiarlo. Por eso el cristiano debe tener formación académica, aunque no me refiero únicamente al conocimiento que proporciona el estudio de Ciencias Religiosas o Teología. Hoy en día hay muchos intelectuales y catedráticos/as, así como estudiantes y jóvenes cristianos/as que tratan de defender y relacionar el mensaje de Jesús con sus investigaciones, trabajos y estudios, sean biólogos, ingenieros, filólogos, historiadores, etc. Para mí, no hay cosa más interesante que oír hablar a un sacerdote que ha estudiado una ciencia[2] aparte de Filosofía y Teología, y que relaciona alguna homilía y reflexión con su campo por puro placer intelectual.

https://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/audiences/2006/documents/hf_ben-xvi_aud_20060222.html

[1] Véase la entrada dedicada al Magnificat, dedicada en parte al vaciamiento.

[2] Sin ir más lejos, el Papa Francisco es químico.