Cinco horas en el cielo

Sábado 14 de abril. Me suena el despertador a las 08:00 de la mañana: llevo esperando este día casi desde el año pasado. Hoy el Encuentro Interreligioso que convocan diversas organizaciones y asociaciones interreligiosas y ecuménicas. La idea del programa es comenzar a las 10:00 con una oración, y a las 10:45 asistir a una mesa redonda en la que seis creyentes de cada confesión compartan su experiencia de fe con posterior debate. Me hubiera gustado haber ido a esta primera parte, pero tengo que dejar hechas en casa algunas cosas y no tengo más remedio que llegar a las 13:00.

Pero bueno, mi amigo Álvaro Mota compondrá un artículo en http://www.alandar.org/ sobre esta mesa redonda.

Este año es la comunidad Bahá´í quien acoge este Encuentro. Tienen su sede en Arturo Soria y cuando llego, veo que los asistentes están reunidos en varios grupos: he llegado en el mismo momento del año pasado. Saludo con gestos a varias personas que conozco de otras ocasiones y un chico de la casa me indica dónde puedo dejar las cosas. Y por fin encuentro a Leila, la única bahá´í que conozco: solo nos hemos visto una vez en la vida, pero me recibe con los brazos abiertos y me indica un grupo al que unirme.

Me siento en el más cercano: cada uno está contando su experiencia de Dios. Somos seis personas: tres cristianos católicos, un hindú, un musulmán, un judío y una mujer que se dice atea. Ella habla cuando yo llego y nos cuenta una impresión muy fuerte que tuvo de Dios a raíz de un episodio de sufrimiento por una enfermedad; me toca hablar a mí y en cinco minutos cuento mi relación con Dios en estos 22 años que llevo en el mundo, acto seguido toma la palabra el hindú. Se trata de un ceutí, cuyo testimonio nos permite conocer el mundo cultural que es Ceuta: judíos, musulmanes, hindús y cristianos conviven en perfecta armonía, aunque él asegura que últimamente todos los ámbitos de la ciudad autónoma están politizados, incluso las relaciones interreligiosas más cotidianas. Finalmente toma la palabra el joven musulmán: viene de Tayikistán (antigua Unión Soviética), un país donde las gente que nació durante la desintegración del imperio soviético y después tiene que encontrar su identidad religiosa, en medio de una sociedad donde el ateísmo ha estado arraigado durante varias generaciones. Asentado en España, no deja de hacer contactos en todas las religiones y de buscar: sus reflexiones no tienen desperdicio.

Llegadas las 14:00 de la tarde, es el momento de la comida. Aprovecho para ponerme al día con personas que hace mucho tiempo que no veo y conocer a gente nueva. Especialmente hago migas con el joven bahá´í que me ha recibido al principio: nacido en Cataluña, de padres extranjeros y trabaja en una empresa que le lleva a viajar mucho por el mundo para vender productos y servicios, y que lo está pasando mal por el procés, así que mucha tela que cortar como creyente e historiador que se encuentra estudiando la situación catalana. Y en esto, me toca hacer algo que debería hacer más: explicar a una persona de otra religión cosas que yo doy por sentado, pero que veo que no tengo tan claro. En este caso fue la diferencia entre congregaciones y diócesis. Además, él me explica aspectos de su fe de una manera muy amena, concreta y cercana. Yo intento hacer lo mismo.

La siguiente fase de la jornada es el testimonio de dos personas que trabajan en una ONG muy humilde, dedicada a la ayuda de los refugiados que se encuentran emplazados en Grecia esperando pasar a Europa, que no quieren volver a sus países de origen. Nos cuentan cómo podemos ayudar y cómo está la situación a nivel político: sólo puedo sentirme comprometido a no dejar de rezar por toda esa gente ni de pasar de largo las pocas noticias que llegan de los refugiados.

A continuación pasamos a un debate entre todos los presentes para proponer actividades interreligiosas concretas, y la reunión se convierte en un pseudo-parlamento en el que se proponen medidas para después votarlas y establecer una prioridad. Se enuncian ideas interesantes: divulgar estas actividades en nuestros grupos, compartir el testimonio de lo que hemos vivido con amigos, familiares, compañeros de trabjo, etc; convocar encuentros para debatir temas de preocupación común: sufrimiento, niños, vejez, pornografía, política, medio ambiente; hacer un campamento, un coro y una peregrinación interreligiosa; no esperar a que los entes oficiales den su visto bueno a cualquier actividad, crear un ente común que agrupe a todas estas asociaciones interreligiosas, etc. Durante toda la ‘lluvia de ideas’ no dejo de tener presente las tres pautas que el Papa Francisco propone para el trabajo ecuménico e interreligioso: trabajo activo, debate intelectual y oración, sobretodo oración. Recuerdo estas ideas cuando alguien propone unir fuerzas un solo proyecto, y dispersarse en mil cosas, y así pretendo recalcarlo cuando se me da la palabra.

Finalmente se asiste a una oración interreligiosa en la que se leen textos de las religiones allí presentes (Budismo, Cristianismo, Judaísmo, Islam, Hinduismo y Bahaismo), intercalados por momentos de silencio. Se añade además un gesto de luz: cada uno tiene una velita que vamos encendiendo entre todos, y finalmente damos la bendición a la persona de nuestra izquierda. Tengo a mi lado a un joven que no se considera creyente (luego descubriré que tenemos una persona en común, una misionera idente concretamente) y me hace la señal de la cruz en la frente. A mi izquierda tengo a una mujer judía americana que ha venido de Cádiz: le digo simplemente las únicas palabras que sé en hebreo: ‘Shemá Israel, Adonai Elohenu, Adonai Ejad’ (es el primer mandamiento: ‘Escucha Israel, el Señor es nuestro Dios, uno es el Señor’ Deuteronomio 6, 4).

El encuentro termina oficialmente y una monja que viene de León se me acerca para preguntarme por mi fe: se llama Celestina, es benedictina y dice que le ha gustado lo que he dicho en la pseudo-asamblea anterior, y que siempre rezará por mí (es el momento más emocionante del día, y posiblemente de lo que llevo de año; que una persona te diga que rezará por ti siempre produce una ternura y confianza sublimes). Le promete que iré con mi comunidad a visitarla a su convento. Antes de irme hablo con dos chicas musulmanas que han venido de san Blas y me quedo con su contacto, así como el de otras dos mujeres bahá´í, de cara a futuros encuentros. Y como he llegado, me voy: con un abrazo de Leila.

Sin duda, ha sido una experiencia más celestial que terrena. Volveremos a vernos.