En mi enmimismamiento

Una semana más, llego tarde a la oración que celebra cada miércoles la comunidad de Sant Egidio antes del reparto. Ando bastante agobiada la verdad, tengo tantísimas tareas y cosas que hacer… De hecho, si Elena no me llega a decir que viene (una amiga que lleva ya un tiempo queriendo conocer la comunidad) seguramente no habría venido. En fin, qué se le va hacer, ya estamos aquí… Entramos en la parroquia de Nuestra Señora de las Maravillas justo a tiempo para escuchar la última parte de la lectura del día:

1Sa 3,1-10.19-21

El niño Samuel oficiaba ante el Señor con Elí. La palabra del Señor era rara en aquel tiempo, y no abundaban las visiones. Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a apagarse, y no podía ver. Aún ardía la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.» Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.» Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a done estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.» Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez  llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: “Habla, Señor, que tu siervo escucha.”» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: «Habla, que tu siervo escucha.»
Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor. El Señor continuaba manifestándose en Siló. Allá se revelaba a Samuel por medio de su palabra.

 

Este texto del libro de Samuel narra el nacimiento del movimiento profético en Israel, la primera vez que Dios se dirige al pueblo judío desde los tiempos de Moisés. Casualmente, es la lectura que me tocó leer el domingo pasado en misa y como salí del paso sorprendentemente bien pese a la vergüenza que me da hablar y hacer cualquier cosa en público la he cogido bastante cariño. Por este motivo, me encuentro en actitud especialmente receptiva cuando Tíscar se dispone a compartir la reflexión semanal con la comunidad:

Tíscar nos habla de la grandeza y excepcionalidad que encierra un acto tan sencillo como la escucha. Escuchar supone salir de nuestro ensimismamiento y tener la atención puesta en el mundo que nos rodea y en las llamadas de Dios, que muchas veces nos susurra a través de las palabras de aquellos que nos cruzamos en nuestro camino.

Según Tiscar, los tiempos de Samuel se parecen mucho a los tiempos actuales, unos tiempos en los que ya no se habla de Dios ni se le espera, y en los que no hay tiempo para nada y mucho menos para pararse a escuchar las preocupaciones y necesidades ajenas. Muchas veces escuchar es un humilde acto de entrega, una capacidad que Dios ha puesto en todos nosotros y que es lo que nos ayuda a convertirnos en verdaderos templos de su espíritu. No importa cómo seamos por fuera, si somos demasiado ancianos o si estamos enfermos; todos nosotros tenemos oportunidad de sintonizar con el mundo real y esa capacidad, según se atreve a afirmar Tíscar, es lo que nos hace verdaderamente jóvenes.

Un rato más tarde, en nuestros respectivos repartos a todos nos seguirán resonando los ecos de estas palabras que nos han recordado que, pese a que nos acercamos a la gente con la excusa de ofrecer comida caliente y un bocadillo, lo que realmente hacemos es repartir escucha. Algo también muy valioso y mucho más necesario para el espíritu, tanto para el de aquellos que necesitan que les escuchen, como para los que necesitamos practicar la escucha para vaciarnos de nosotros mismos y llenarnos de la voluntad y la gracia de Dios.

Por ello doy una vez más las gracias a Sant Egidio y a las personas de la calle, por sacarme de mi enmimismamiento continuo y por animarme a practicar esa actitud de escucha en todas las parcelas de mi vida.