¡Feliz Pascua de Resurrección!

Por casualidades o no tan casualidades de la vida, el Domingo de Ramos me ha pillado este año en Mérida, increíble ciudad que tuve la oportunidad de conocer el fin de semana pasado junto a una de mis mejores amigas. Al despertarme aquel día y descubrir que el tiempo nos había quitado la hora que le llevábamos debiendo ya un par de estaciones caí en la cuenta de que me iba a ser totalmente imposible llegar a misa en Madrid. Al comentárselo a mi querida compañera Adri, esta no dudó un segundo y se ofreció a acompañarme a misa allí en Mérida, pese a que ella no es creyente ni mucho menos practicante.

Así que allá que fuimos a la catedral de Mérida en la que tuvimos la suerte de escuchar una homilía preciosa en la que nos echaron un pequeño rapapolvillo a todos los que estábamos allí presentes(incluidos la junta de cofradías, el alcalde y máximas autoridades de la ciudad con motivo de la inauguración oficial de la semana santa) diciéndonos que si nos daba más pena que no salieran los tronos por la lluvia que aquel padre que acababa de perder a un hijo en Madrid o aquellos que se encuentran en estos momentos hacinados en los campos de refugiados, es que no habíamos entendido nada de la Pasión de Jesucristo.

Además de ponernos en nuestro sitio durante la homilía, estuvo insistiendo a lo largo de toda la misa en que Jesús, con su ejemplo, nos llamaba en poner el corazón en los sufrientes del mundo y a acompañarlos en sus cruces, y que que ese era el verdadero sentido de la semana santa.

Un buen rato después, tras haber recorrido los principales puntos emblemáticos de la ciudad, nos sentamos en una terracita al solecito a descansar. Adri me comentó que le había gustado la homilía y esto dio pie a una conversación sobre temas teológicos en la que ambas nos preguntamos la una a la otra el porqué de nuestras respectivas posturas ante la religión. Al preguntarle por qué se consideraba escéptica de forma tan rotunda me vino a decir principalmente que no le cabía en la cabeza cómo puede existir un Dios que permita el sufrimiento y el mal en el mundo. ¿No se supone que es todopoderoso? ¿Por qué no hace nada para evitarlo entonces? “Me cae mal Dios”, sentenció medio en serio medio en broma.

Yo traté de replicarle con los típicos argumentos de siempre: que el mal y el sufrimiento es consecuencia de la libertad que Dios da al hombre, que si Dios interviniera siempre sería como si jugara a los Sims con nosotros y nos convertiríamos en una especie de robots o protagonistas de una simulación, que el limitado entendimiento del ser humano es incapaz de abarcar un misterio tan enorme y que como decía San Pablo “ahora vemos confusamente pero habrá un día en que veamos cara a cara”(1 Cor 13, 12)

Estos sin embargo no terminaron de convencer a mi amiga que siguió lanzando sus muy comprensibles interrogantes: “¿Pero y qué pasa con los desastres naturales? ¿De verdad no puede hacer absolutamente nada para evitarlos?” Intenté seguir replicando como pude, pero lo cierto es que por muchos argumentos lógicos que se esgriman, cuesta mucho defender a Dios en este tema concreto. No es fácil convencer a nadie de que que existe un Dios Padre bueno y misericordioso, que conoce personalmente a cada uno de sus hijos, pero que se queda de brazos cruzados sin hacer nada por evitar tragedias como un tsunami, un terremoto o el Holocausto judío. Ni siquiera los propios creyentes lo terminamos de entender completamente.

¿Cómo creer en Dios después de Auschwitz?, se preguntaba el autor de una entrada recientemente publicada en este blog. ¿Por qué permite Dios el sufrimiento? ¿Por qué permitió Dios que Jesús muriera en la cruz?

Todas las respuestas se quedan cortas ante tan incómodas preguntas. Hacerse estas preguntas, sin embargo, es totalmente normal e incluso puede ser sano y renovador para la fe. De hecho, incluso el mismo Jesús al ser consciente de la cruz que le espera manifiesta en Getsemaní sus dudas al respecto de tal cruento e injusto destino:

Fueron a una finca, que llaman Getsemaní, y dijo a sus discípulos: «Sentaos aquí mientras voy a orar». Se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, empezó a sentir terror y angustia, y les dijo: «Me muero de tristeza: quedaos aquí velando». Y, adelantándose un poco, se postró en tierra pidiendo que, si era posible, se alejase de él aquella hora; y dijo: «¡Abbá! (Padre): tú lo puedes todo, aparta de mí ese cáliz. Pero no lo que yo quiero, sino lo que tú quieres».

Marcos 14, 32-36

Jesús, sin embargo, permanece fiel a la que está convencido que es la voluntad de su Padre y, manso como un cordero, se deja llevar al matadero sin oponer resistencia alguna. Incluso cuando se enfrenta al más duro silencio de Dios en la cruz y proclama aquello de “Dios mío, Dios mío por qué me has abandonado”, está en realidad haciendo referencia a un conocido salmo que termina alabando a Dios con los siguientes versos: “Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré.”

Como consecuencia de su confianza plena en Dios hasta el último momento, los cristianos celebramos hoy la Pascua de Resurrección, el día en que Jesucristo vence a la muerte y al pecado y redime a toda la humanidad.

Como decía el Papa Francisco hoy su bendición Urbi et Orbi, “la muerte, la soledad y el miedo ya no son la última palabra”. Jesús vence al sufrimiento humano con el acto de amor más puro jamás conocido. Por ello, el sufrimiento tampoco tendrá nunca más la última palabra y, pese a que nos siga costando muchas veces entender los silencios de Dios y tengamos todavía muchas preguntas sin respuesta, este acto infinito de entrega y generosidad de Jesús nos ayuda a confiar y tener un poco más de fe en aquello que decía a sus discípulos de que cuando llegue el momento, ya no le preguntaremos más sobre nada.

¡Feliz Pascua a todos!

También te podría gustar...

A %d blogueros les gusta esto: