La fe en el día a día- diálogo entre una musulmana, una bahai y una cristiana

“Yo veo a Dios en todas partes”,  Así de claro y cristalino resumía su experiencia de Dios en la vida cotidiana Omayma. Esta joven musulmana perteneciente a la asociación ACHIME(Chicas Musulmanas de España)aceptó muy voluntariosamente la invitación a participar en una mesa redonda que tuvo lugar la semana pasada en el encuentro por etapas de la JEC (Juventud Estudiante Católica) en la que tres representantes de distintas religiones compartieron con toda la naturalidad y sinceridad del mundo su vivencia de la religión y la fe en el día a día.

Omayma estudia Ciencias químicas en la Universidad de Alcalá, por el momento, porque según nos confesó, tiene una verdadera crisis de inquietudes; le interesa absolutamente todo y está pensando en cambiarse a otra carrera el siguiente año. Con gran desparpajo, Omayma comparó la fe con la sensación de aquellos que tienen problemas de vista y que cuando se ponen las gafas, de repente, lo ven todo claro. “Cuando decidí hacerme creyente empecé a ver el mundo totalmente diferente”. La joven musulmana nos explicó que lo que siempre había percibido como una obligación y una carga empezó a ser lo que daba sentido y profundidad a su vida. Ya nadie la tenía que obligar a rezar 5 veces al día, porque nacía de ella. Como ejemplo de la vivencia de fe en comunidad, Omayma contó que una vez a la semana quedaba con un grupo de amigas y hablaban de lo mucho que las había ayudado Dios en esto o aquello y compartían momentos que habían tenido de encuentro con Él a lo largo de la semana. Alguno de los asistentes se mostró sorprendido por la naturalidad y franqueza con la que hablaba de Dios, algo a lo que los cristianos no estamos nada acostumbrados. “En el Corán hay una frase que dice algo así como que Dios es tu mejor amigo“, puntualizó la joven musulmana. Por tanto, su forma de dirigirse a Él y de hablar de Él se corresponde inevitablemente con esa profunda relación que vive en su día a día y que para ella es una verdad como un templo.

Otra de las participantes en la mesa redonda era Leila, joven perteneciente a la comunidad Bahai de España. Como la mayoría de los allí presentes no habíamos oído siquiera hablar de dicha religión Leila tuvo que empezar explicando que la creencia Bahai se basa en las enseñanzas de su profeta y fundador, Bahá’u’lláh, y que consiste principalmente en la defensa de la unidad de Dios, la unidad de todas las religiones y la unidad de la humanidad. A modo de ilustración, Leila enunció uno de los lemas de la comunidad Bahai: “La tierra es un solo país y la humanidad los habitantes”. Esta joven estudiante de derecho en la Universidad Autónoma, compartió algunos dilemas que se le presentaban a la hora de vivir su fe en el ámbito universitario. Concretamente, en el mundo del derecho algunos profesores les aconsejaban realizar un ejercicio poco ético de la profesión con el fin de “no morirse de hambre”. Leila sin embargo, concibe sus estudios como un servicio a la humanidad y defendió que como creyente, se esfuerza al máximo por mantener la coherencia entre lo que cree y lo que piensa y lo que hace.

Y en este punto me veo obligada a dejar de hablar en tercera persona, pues un poco a última hora se me ofreció la oportunidad de participar en la mesa redonda como representante del catolicismo y, pese al reparo inicial que me suscitó dicha oferta, al final me acabó sirviendo como un repaso de la experiencia de Dios que tenía yo en mi día a día.

Empecé mi exposición compartiendo este texto que había leído recientemente del Papa Francisco:

Algunos se creen libres cuando caminan al margen de Dios, sin advertir que se quedan existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre. Dejan de ser peregrinos y se convierten en errantes, que giran siempre en torno a sí mismos sin llegar a ninguna parte.
http://w2.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html

El texto me llamó especialmente la atención porque justo este último verano he tenido la oportunidad de hacer sola el camino de Santiago. Fue una corta aunque intensa y preciosísima experiencia en la que en todo momento tuve esa sensación de estar caminando en la palma de Dios: en los momentos malos de miedos e incertidumbre que siempre se acababan arreglando de una manera u otra; en los momentos de descanso y de disfrutar y agradecer los suculentos manjares de las tierras del norte; momentos de conocer a gente súper interesante y con ganas de compartir sus historias, momentos de contemplación y admiración de la belleza de la naturaleza de los parajes que iba dejando atrás; momentos en los que gente desconocida te acogía o te ayudaba de forma totalmente desinteresada, momentos en los que no tuve miedo de ser yo misma, decir lo que pensaba o de alejarme de determinadas cosas que no me aportaban nada… En definitiva, el camino supuso una constatación de que la fe da a mi vida una dirección en la que me encuentro conmigo misma y con Dios a través de varios caminos.

Seguidamente procedí a compartir cuáles eran para mí algunos de esos caminos de encuentro con el Padre: el seguimiento de Jesús y la puesta en práctica de su invitación a la entrega y el servicio al prójimo (algo que puede concretarse en el día a día de un variado surtido de maneras), la contemplación de la belleza de la naturaleza o el arte: la literatura, la poesía, la música, el cine, la práctica de la escritura como autoconocimiento y forma de diálogo con Dios y Jesús, el silencio y la oración como espacio de encuentro…

Otra de los formas de encontrarme con Dios de manera muy impepinable es al conocer a gente despierta. Gente que no está anestesiada, viendo la vida pasar, esperando a que sea viernes y a que lleguen vacaciones. Personas en las que se puede leer a través de sus sueños, intereses y sus inquietudes el infinito del que todos estamos hechos. Personas que se nota que están movidas por el espíritu. Personas que tienen sed de conocimiento, ganas de luchar, quieren cambiar el mundo cambiándose a sí mismos…

Obviamente tuve esta sensación al conocer y escuchar a Omayma y a Leila, y aunque conozco mucha gente que es así sin necesidad de ser religiosa, lo cierto es que en estos mundos de Dios es mucho más difícil quedarse dormido en los laureles. Por eso es tan interesante el diálogo interreligioso, porque al final nos ayuda a descubrir que, pese a nuestras diferencias, todos hablamos el mismo idioma del amor, la paz, la justicia, la solidaridad, la fraternidad y resto de apellidos de Dios(como le oí decir una vez a una periodista). Todos los creyentes tenemos una larga lista de luchas comunes para las que vale la pena salvar las distancias que nos separan.