No es Otoño – L´Arche(3)

L´Arche Cork (01/12/2017)

Noviembre, mes de los difuntos. El morado, las velas, plegarias. Traerles a la memoria, hacerles presente. Un mes de árboles sin hojas y de tardes sin luz. Otoño. Como si algo de esto ya hablase de luto. El 24 de este mes viene marcado en el panel de actividades con una “Mass of remembrance” (misa de recuerdo) por ser noviembre, mes de los difuntos.

La misa es, como todos los viernes, en uno de los cuartos de Le Cheila (el taller). En ese mismo cuarto donde nos reunimos todos los lunes para oír las noticias de la semana; el mismo cuarto donde los asistentes tenemos la formación sobre Seguridad en Incendios o Medicación, o el mismo cuarto donde se ponen la música y los pasteles de Halloween. En ese mismo cuarto, de formación, trabajo, fiesta o reunión; en ese cuarto donde se viven pedazos de la vida de la comunidad, también allí se prepara la misa.

Un árbol pintado cubre toda la pared de la izquierda, con ramas que terminan en espirales. Las ramas en espirales llevan toda esa simbología celta, de lo eterno, lo que no acaba. En una de las esquinas de la pared aparece el trisquel de tres brazos en espiral, que habla especialmente de lo sagrado. Desde las raíces y a lo largo de cada rama, van quedando repartidas fotos de las caras de personas de L´Arche. Los que ya “no” están y los que están. Cada rostro queda bordeado en verde, con forma de hoja. No hay otoño para este árbol. Las sillas de plástico rojo se colocan frente a un altarcito improvisado. Forman un semicírculo, unas frente a otras, y en medio el altar. Toda una hilera de ventanas dan a un jardín, con hierba verde de esa que brilla (el riego natural constante es lo que tiene). A medida que se acercan las 12.15, las sillas se van ocupando según preferencias. Siempre dos monaguillos, con túnicas blancas, flanqueando al cura. Esta vez Pauline y Neil. Una solemnemente, con el pin del Santísimo Sacramento; el otro con una camiseta de Guinness que asoma entre la túnica, saca la lengua mientras mira hacia el techo. Un coro, con piano y guitarras, pandereta y tambor; el conjunto más o menos afinado. Cada uno pone lo que tiene. Y con eso, se hace lo que se puede.

“Mass of remembrance”, dice el librito colocado en cada silla para seguir la misa. En la portada una cruz con flores floreciendo (¿No habíamos quedado que difunto, otoño y luto quedaban en la misma categoría?). En la contraportada, 8 fotografías con 8 nombres. Son esos que ya “no” están. Es una celebración para recordarles. Con música, con historias. Motivo para reunirse juntos. Lo dicho, mes de noviembre, mes de difuntos. Parece que la primera canción, que se entona, viene a desplegar lo que ya entredice la portada: cielo, sol, primavera, nuevo día, flores. Con una melodía que suena al tal Cat Stevens. No se habla ni de otoño, ni de oscuridad, ni de luto. Se habla de luz, de esperanza, de primavera. Se habla de muerte, pero se habla de renacer.

Y con esto, los 8 rostros y nombres empiezan a ser recordados por otros, los que “sí” están. Con historias, con palabras, con escenas de su vida. Sin conocer a ninguno de esos 8, se me van haciendo cercanos a través de los recuerdos de otros (que los tienen tan vivos en ellos). Un tal Richard, con un bigote y una gorra de aviador. Un tal David, un caballero y fiel cortador del césped. “Todo el mundo quiere ir al cielo, pero nadie quiere morir”, espetaba con voz grave y
rotunda. Una tal Sophie y una tal Petra, una tal Helen. Un tal John, pianista, músico. Y en él las palabras de recuerdo, lo hacen una melodía y un poema (“Veo su cara en cada flor, los pájaros su voz”). Una tal Rita y una tal Catherine. Y cada cual, se hace presente en las palabras de los otros. Todo esto va hilvanando esta reunión de amigos, que Dios mismo sostiene.

Y con toda la emoción, aparecen las dosis típicas (viva la espontaneidad, podría llamarse el siguiente apartado) de una reunión en L´Arche. Mary, con una voz grave y repetitiva salta para incluir a su padre en la oración por los difuntos. Veda hace recitar el Ave María a toda la sala. Barry, con un autismo importante, suelta un “Hello” protuberante en cualquier inesperado instante Nuala, mujer bien hermosa de tamaño, atraviesa la habitación y va a pararse precisamente delante del altarcito, haciendo una de visibilidad reducida del objetivo. Pauline concentrada en su atuendo de monaguilla, tintinea la campanilla, obviamente cuando no hay que tocarla. Un momento de silencio.

Y entonces se escucha un estruendo, que rebota el sonido con el efecto silla. No se sabe bien de dónde viene. Nadie se inmuta, nadie lo encuentra extraño o escandaloso. De esa misma manera, lo espontáneo y lo transparente aparece con ese momento de peticiones, donde se abre el turno. Rienda suelta, nadie se retiene. Muchas voces que no se entienden o ruegos que son siempre los mismos. “Podéis daros la paz” y entonces toda la sala explosiona, de un lado a otro de la habitación. Nadie se queda quieto, la mano, una risa, un beso, un abrazo. Es una celebración, queda visto. Si celebrar es signo del cielo, parece que ese hueco entre los que “no” están y los que “sí” están se desvanece. El 24 de noviembre en ese cuartito del Le Cheila (el taller) se entreveía un trocico de cielo. Música, amigos, recuerdos, incluso ventosidades, nuestras vidas (vivos y “muertos”) abrazadas por Dios. Y en Él viven unos y otros. No hay hojas que caen y desaparecen. Todas y cada una permanecen. Y el otoño, en noviembre en ese cuartito deja de ser otoño.

Janet Prado