Reflexión de Cuaresma- El tiempo del retorno

La Cuaresma es el camino hacia la Pascua: corazón de la vida cristiana. Un momento para pararnos y encontrar nuestro corazón que muchas veces se extravía. La Pascua es una orientación en medio de tiempos difíciles y cambiantes, en un mundo de división, de muros, sordo y ciego al dolor del otro. Los tiempos que vivimos somos nosotros.. tal y como somos, son los tiempos que nos toca vivir. Hoy más que nunca necesitamos una orientación.

La Cuaresma es un tiempo de conversión, incluso para los que somos creyentes, porque muchas veces nuestra fe se debilita, se enfría o se vuelve un mero ritual. Conversión significa “cambiar el corazón”, dirigir la mirada hacia Dios y verle en el rostro de los pobres, supone una decisión de seguirle de forma concreta.

La cuaresma vista desde la Parábola del Hijo Pródigo

El hijo pródigo le pide al padre “lo suyo”. Quiere dinero para ser “libre y vivir su vida lejos de casa”, pensando que la libertad es algo externo. Pero la verdadera libertad y, tal vez la más difícil de encontrar, es la libertad interior. Porque muchas veces, aunque creamos que somos “libres”, nuestros prejuicios, orgullos, rencores, las ansias de tener, o que no se nos reconozca nuestro valor son ataduras que no nos dejan ser verdaderamente libres. Las ganas de “tener lo mío” nos separan de los demás. El Señor nos pide SER, no TENER.

En la Parábola vemos que el Padre no obliga al hijo a quedarse. Dios nos da libre albedrío. La cuestión es qué hacemos nosotros con esa libertad. La verdadera libertad radica en el corazón.

Desafío de la Cuaresma: Descubrir al Padre, que es bueno y no nos quita nada; no nos quita nuestra libertad.

En la Parábola el hijo mayor- el que se quedó en casa- se enfada con el Padre y no quiere entrar a la casa. Le dice al Padre, “he aquí, tantos años que te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para comer con mis amigos” 

El Hijo mayor solo es capaz de juzgar, de verse como una víctima que ha recibido un trato injusto. No comprende la decisión de su padre que le dice: “Hijo mío, tú siempre has estado conmigo y todo lo mío es tuyo”.

Muchas veces es también nuestra actitud. No somos capaces de valorar todo lo que tenemos y la posibilidad de estar cerca de Dios, pero no nos parece suficiente; no somos felices. El Hijo mayor vive en el paraíso, pero como un esclavo.

También se puede “estar en la casa” (como en la Iglesia o en una comunidad cristiana), pero tener el corazón lejano y distraído, centrado en nosotros mismos. No estemos en la casa de Dios quitándonos la libertad de ser sus hijos.

Dice la Parábola que cuando el Hijo menor lo había gastado todo, vino un gran hambre en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. En el momento de mayor dificultad, cuando tiene hambre, cuando le falta el dinero y nadie le ayuda, ese hijo menor se detiene y entra en sí mismo, deja de engañarse, descubre su propia pobreza y soledad y empieza a rezar: “Padre he pecado contra ti”. La Oración es precisamente esto: dirigirse al Padre

Cuando estamos bien y nos sentimos fuertes, nos resulta difícil comprender la debilidad. Pero cuando llegan los momentos de fragilidad, enfermedad o pérdidas, cuando tocamos fondo, es cuando tenemos el momento de verdadero encuentro con el Padre. El que parece el peor momento de nuestras vidas, el más difícil, puede ser el que nos abre la puerta al mejor de los momentos... cuando el Hijo vuelve a encontrar nuevamente su corazón, es cuando empieza a pensar.

Y es que cuando dejamos de creernos dueños absolutos de nuestras vidas es cuando encontramos el verdadero camino a la felicidad, es cuando empieza una profunda y verdadera interioridad, esa conversión del corazón.

El viaje hacia nuestra interioridad no significa un análisis psicológico detallado, o la compleja reflexión sobre lo que piensan los demás de nosotros, porque son análisis muy centrados en el “yo”. El verdadero viaje hacia nosotros mismos exige callar al “yo” y escuchar la voz de Dios dentro de nosotros. Pero para esto necesitamos hacer espacio para la Palabra y el encuentro con Dios.

Las mujeres y los hombres profundos son los que descubren la misericordia y al Padre dentro de sí mismos, los que deciden servir. La Madre Teresa de Calcuta decía que “el que no vive para servir no sirve para vivir”.

El Hijo menor dijo primero YO y se encontró solo en la dificultad. Cuando volvió a la casa del Padre descubrió un NOSOTROS. El Desafío de la Cuaresma es reconstruir el “nosotros” en medio de un mundo lleno de individualismo y división, en donde el “nosotros” está en crisis. Y es que el ser humano está hecho para vivir en fraternidad. ¡Aprovechemos el tiempo de Cuaresma que todavía nos queda!

 

Reflexión de Tíscar Espigares de la Comunidad de San Egidio de Madrid,  resumida por miembros de la Comunidad asistentes al encuentro de Cuaresma.