Triduo Pascual de 2018

¡Feliz Pascua!

Quiero compartir en la entrada de hoy el balance de la Pascua que he vivido este año. En un entorno privilegiado como es la naturaleza que rodea un monasterio medieval, y la compañía de gente de confianza, amigos y gente nueva que descubrir, todos reunidos por algo y para celebrar una misma cosa, se genera un ambiente deliciosamente familiar. A través de meditaciones, momentos de oración particular en solitario, momentos compartidos (comidas, sobremesas, logística, rezos y celebraciones), uno se sabe más completo, sacado de sí mismo y sabiéndose transformado por unos días breves e intensos.

Y sí, te sientes bien, feliz… y triste cuando termina.

Llevo desde el año 2010 viviendo las Pascuas en convivencias fuera de casa y en estos años me he ido dando cuenta de que mi fe no puede depender de esos momentos. Es verdad que en la primera semana rezas con más interés, andas más atento a todo lo que has aprendido, sigues relamiéndote del buen sabor de boca, ves las cosas de otra perspectiva… aunque de la misma manera que uno se hincha, va desinflándose poco a poco. Una de las experiencias más desconcertantes de mi vida fue, precisamente, tras una Pascua. Me sentía insatisfecho tras unos días también estupendos y llenos de vida. Hablándolo con una persona que entendía mi situación, me explicó que había utilizado toda esa energía no para subir como un trampolín, sino para alimentar mi ego. El ego pesa, por eso me daba de bruces contra el suelo. ¿Por qué? Porque me había quedado en el sepulcro sin volver a la ciudad resucitado, apegado al buen sabor de boca de la experiencia, porque había ido a la Pascua como quien va a un spa, simplemente a relajarme. Por eso considero tan importante renovar el compromiso de fe en momentos de retiro como una Pascua, y seguir caminando. Es verdad que es más fácil recibir una conversión tumbativa que una Pascua puede ofrecer, que seguir viviéndolo en el día a día. Reconozco que pensaba que todo consistía en rezar, apuntarse a todas las cosas posibles de la parroquia, no dejar de ir a la eucaristía (incluso ir entresemana), hacer actos de caridad… es decir, hacer cosas para sentirme bien. Pero no se trata solamente de hacer cosas buenas, sino de conseguir la unión íntima con Dios mediante esas acciones y confiar así que todo lo demás vendrá por añadidura.

A raíz de esta parte, veo pertinente referirme a una película que vi el martes: ‘‘El árbol de la vida’’ (2011), de Terrence Malick: no es una película comercial como otras, y tiene muchos puntos sobre los que reflexionar. Uno de ellos es: ¿cómo es el corazón de una persona hace actos bondadosos y actos desagradables, creyendo que son buenos? Considero que la Pascua nos da la clave: aunque hagas cosas buenas, si el corazón no aspira a la unión con Dios, no sirven de nada.

Otra idea, que cada vez tengo más clara, es que no vas a salir con todas tus dudas resueltas, sino con más preguntas de con las que entraste. Eso sí, la paz interior con la que uno se marcha es única, aunque en verdad muchas veces la confundo con conformismo y estabilidad cuando no es eso, sino un estado más en el camino de seguir buscando a Dios. En el momento de la Pasión, Jesús no pide al Padre que sus discípulos comprendan lo que va a suceder, sino que le conozcan[1], acepten, confíen, contemplen (Jn, 17), se dejen amar por él y amen; y tampoco exige a los cristianos que busquen las respuestas a las cuestiones existenciales e intelectuales de la vida, ni los misterios de la fe, sino que empiecen por amar: san Juan, el discípulo que tanto le amaba y que le acompañó en el Calvario, no entendió hasta que no vio la tumba vacía (Jn 20, 8). Pensaba en un momento de esta Pascua que puede que nunca llegue a entender desde mi lógica y razón cómo una persona es capaz de amar tanto por quienes conoce y no conoce, llegando a morir por todos.

Y esto ha sido todo de manera muy sintetizada. No me considero un experto al 100% sobre cómo vivir la post-Pascua, pero algo voy aprendiendo.

La próxima entrada va a estar dedicada a un acontecimiento que llevo esperando todo el año con mucha ilusión, y que ocurrirá dentro de dos semanas: el congreso interreligioso organizado por Peregrinación Interreligiosa y que se celebrará en Madrid. ¡Nos vemos!

[1] Esta es otra cuestión que venía arrastrando desde hace tiempo: ¿cómo voy a conocer a Dios si sólo le dedico exclusivamente unos pocos días al año, y no dedico otro tiempo para conocerle?

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