MAGNIFICAT- El vaciamiento de María

‘‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador  porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.

Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón.

Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.

A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’’.

Lc 1, 46-55.

La entrada de hoy está dedicada a explicar una de las partes más bellas del Nuevo Testamento: la acción de gracias que la Virgen María exhorta a Dios Padre al comienzo del Evangelio de Lucas (Lc 1, 47-55): el Magnificat.

Se trata de la intervención evangélica más larga puesta en boca de un personaje del Evangelio que no sea Jesús. En verdad las ocasiones en que María habla caben en la palma de una mano: el episodio del ángel Gabriel, el Magnificat y el momento de las bodas de Caná. Sin embargo todos contribuyen a retratarla.

Apenas tras haber quedar embarazada con la misión del arcángel, la Virgen marcha a visitar a su prima Isabel. Posiblemente este trayecto y, aunque el Evangelio no lo refiera, sirviese de purificación a María como fueron los 40 días de Jesús en el desierto tras su bautizo, esos 40 días para probar su misión ante el demonio y estar en retiro con su Padre. En ambos casos madre e hijo se alejan de su mundo por un tiempo tras haber recibido la vocación. Hay que tener en cuenta que entre Nazaret y Jerusalén hay unos 100 km de distancia, así que pudo tener un tiempo largo para con Dios. En cualquier caso, como Jesús comienza a predicar tras su penitencia en el desierto, María hace lo propio con el ‘‘Magnificat’’ al finalizar esta peregrinación, en este caso, como respuesta a Isabel. ¿Por qué se va tan lejos? Posiblemente porque no tuviese a nadie de confianza con quien compartir una experiencia tan profunda de Dios en Nazaret. Bueno sí, José. Pero según las leyes judías de aquel entonces, dos desposados judíos no podían verse por un tiempo.

Permitidme poner el ejemplo que he creído entender tras haber meditado esta oración: cuando un estudiante entiende que su vocación es entrar en una carrera, pasa por el desierto de los estudios (con algún que otro oasis) y al finalizarlo y recibir el título con el que puede empezar una nueva vida, la laboral, le embriaga una sensación de júbilo y de gratitud enormes que necesita expresar. Puede que no sea el mejor ejemplo, pero así es como lo he reflexionado.

Vamos a abordar tres aspectos del Magnificat:

  1. ‘‘Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador porque ha mirado la humillación de su esclava/ Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí/ Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación’’.

Si leemos los capítulos 29 y 30 del Génesis, vemos el nacimiento de los doce hijos/ doce tribus de Jacob/Israel (nieto de Abraham). Jacob tuvo estos vástagos con cuatro mujeres: Lea, Bilha, Zilpa y Raquel. Cada vez que nace uno, la madre exclama una alabanza como: ‘‘Las mujeres me llamarán dichosa’’, ‘‘Dios me ha recompensado’’, ‘‘Dios me ha hecho justicia’’, etc. María las recoge, lo que nos hace entender el argumento de que el Magnificat es el punto de transición entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. ¿Por qué? Porque las doce tribus de Israel se hacen carne en el vientre de María y este discurso recuerda también, y mucho, a las poesías oracionales que son los salmos, especialmente al salmo 34. Los salmos fueron inspirados por el Espíritu Santo, aspecto que volvemos a ver en María. El hecho de que Dios hable por nuestra boca, como ocurrió a Moisés, los autores de los salmos o los profetas, requiere el vaciamiento de uno mismo. Y por vaciamiento me refiero a tener las cosas materiales y espirituales ordenadas según sea la voluntad de Dios. Una vez todo dispuesto, Él puede plantar su semilla en nosotros. Por eso María es un modelo: no se resiste a recibir la gracia ni cumplir la voluntad de Dios, es agradecida no por sus propios méritos, sino por la obra de Dios; y cuidará aquello que ha comenzado a crecer en ella para que dé fruto. La lección es: si abrimos el corazón a Dios, Él obrará maravillas en nosotros. Y la manera de hacer crecer esa gracia es la oración en todas sus facetas: cotidiana, intelectual (estudio de las Escrituras), contemplativa, etc.

  1. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón.                   Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.                                      A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

María recuerda algo que Dios ha mantenido durante todas las generaciones desde Adán y Eva: aunque el hombre le falle, Dios no falla al hombre y nunca abandonará a los más pequeños, necesitados y despreciados por la sociedad. Entendemos tres aspectos en esta parte. En primer lugar, no se puede decir: ‘hágase tu voluntad’ si hay soberbia en nuestro corazón, si nos gloriamos en nosotros mismos de lo que hace Dios con nosotros; por eso los humildes son los verdaderamente importantes para Dios, y no quienes ostentan poder civil o religioso[1]. En consecuencia, el rico de sí mismo en verdad no tiene nada porque no busca más allá de sí, y los humildes buscan cumplir la voluntad de Dios, para lo que necesitan oración y obrar en consecuencia.

  1. ‘‘Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre’’.

Dios prometió a Noé no volver a enviar el exterminio y que todas las naciones serían benditas en él, a Abraham que su descendencia sería grande y a Moisés le dio el Decálogo (los Diez Mandamientos). Y esas promesas continúan vigentes ahora en una mujer, y será ella quien enseñe a Jesús a dar su vida por Dios, como ella lo ha tenido que hacer. Como el ángel acudió a María, ella llamará a Jesús a comenzar la misión en las boda de Canaán. Y así es como debemos engendrar y cuidar la misión que Dios planta en nosotros, con el amor de una madre. Un proyecto de Dios huérfano, sin nuestro amor que es el suyo propio a través de nosotros, no tiene ningún sentido.

[1] Lo que no quita para que una autoridad pueda ser humilde.